De muerte natural, by Mirta Yáñez

With thanks to the author, Mirta Yáñez, Cubanabooks invites you to enjoy the Spanish version of the story “De muerte natural” from LA HABANA ES UNA CIUDAD BIEN GRANDE Y OTROS CUENTOS.

Many of Mirta’s stories are available in English translation from Cubanabooks Press—look for Havana Is a Really Big City and Other Short Stories.

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DE MUERTE NATURAL

Algunos hombres, alejados por una causa u otra de la tierra en que nacieron, se ven envueltos para el común de las miradas de un extrañamiento, de curiosidad constante ante cualquier peculiaridad de su existencia. Cuando estos hombres forman una pequeña colectividad y se agrupan en torno a una familia, a un pedazo de tierra o a una forma de ganarse la vida, los otros hombres que pasan junto a ellos los observan de la misma forma que los niños avizoran con asombro el diagrama de una isla desierta, enclavada en sus mapas escolares.

Los haitianos de las montañas de Mayarí Arriba son de esta especie humana que sí están y no están apegados a un lugar. Pertenecen a su conuco y al mismo tiempo se rodean de un aire de desarraigo, de ráfagas de ausencias y mares desconocidos.

Desde muchos años atrás vivían en estrechos barracones, grupos de hombres solos, tan viejos que la edad de cada uno se ha ido olvidando, con la vida corriendo entre cocinar mejunjes, mascullar letanías, de las que un oído atento podría reconocer una que otra palabra cazada al vuelo, salir a la amanecida con los sacos al hombro, recoger café en silencio y regresar al barracón, hasta el otro día.

Cuando alguien llega al poblado y se hospeda cerca de estos barracones, no falta la advertencia sobre la tolerancia de los haitianos, encasquillados en su lenguaje distinto, pero igualmente frágil como una tela de cebolla y que daba paso a cóleras bruscas, violentas. Hechos en el trabajo rudo y la vida difícil, arrastran también leyendas de susceptibilidades a flor de piel, de ciertas virulencias y pasiones, que se contradicen con la apariencia pacífica y los soplos de otros mundos, como quienes han recorrido todos los caminos y conocen las entrañas de todos los hombres.

Pero si esas son las leyendas, también fue de veras que yo vi a un haitiano enseñarle el cuchillo a un hombre, y eso, según la superstición de los vecinos, quería decir que sus horas estaban contadas.

La casa en que viví mientras estuve recogiendo café se hallaba en un batey donde habitaban dos o tres familias de Florida Blanca. En la falda de una loma, junto a los restos de una cerca derruida por algún ciclón, estaba el barracón de los haitianos, resistiendo por milagro de la naturaleza los embates del tiempo y la miseria pasada. En la caseta vivían cinco haitianos, con las cabezas blancas de tantas décadas transcurridas en el monte, las pieles opacas asomándose por entre los pedazos de tela de los ropajes que se echaban encima para combatir el fresco de la sierra, y que según avanzaba la jornada iban descolgando de sus cuerpos como viejas costuras de serpientes, y almacenándolas sobre los sacos de café que también se iban llenando de granos maduros; encima de los ojos y el pelo llevaban un pañuelo de color o un sombrero de yarey doblado y vuelto a doblar en todas direcciones, a veces las dos cosas, el pañuelo y el sombrero arriba, las manos callosas y anchas; con los hombros apuntalados como mesanas de barcos en alta mar, salían los cinco hombres en plena madrugada, bastante rato antes que nosotros, los brigadistas, empezáramos a prepararnos el desayuno y dispusiéramos la partida. Y cuando llegábamos a los sembrados de café ya hacía tiempo que los cinco viejos, en caso que no estuviera uno enfermo o camino del pueblo a comprar alimentos, se habían distribuido el terreno y trabajaban en silencio, con apenas algunas frases aclaratorias de su situación.

Yulián era el más viejo de los cinco. Y esto lo pude saber no por ninguna seña en su rostro ni en sus achaques, sino por los ademanes de los otros cuatro hombres, ciertos miramientos que indicaban que Yulián les llevaba la delantera en algo, ya fuese en edad o en ritos reservados. Y Yulián fue el que una noche, de entre sus colgarejos de abrigos y pañuelos, sacó un cuchillo de cocina bien amolado y corrió por la falda de la loma para clavárselo en el corazón a otro hombre.

Así que, aunque han pasado más de diez años desde esa vez, tengo sus contornos bien fijos en la memoria, como esas fotografías nítidas que detienen para siempre un momento de la existencia, irreversible; una imagen rancia, pero presente en el cartón con sus contrastes estacionados en el tiempo, sus claroscuros inmovilizados en el recuerdo.

Si proverbial era la cólera de los haitianos, también era sabida su larga paciencia, sus ternuras con los animales y los niños, que no temían a la presencia de estos hombres que reunían más de tres centurias en su barracón. Incluso era costumbre, en las veladas de mucho frío, agruparse al calor de los braseros donde Yulián y sus compañeros cocinaban y allí escuchar las memorias, una y otra vez repasadas, de la tierra lejana, recuerdos cedidos de generación en generación, de cuando su país entero ardió y los negros se habían tomado por su cuenta el incendio, y hubo hombres sabios entre ellos mismos que los hicieron hombres y no bestias de labor; de todo eso se hablaba y ya desde mucho antes que los rebeldes subieran a la sierra y les contaran de cosas parecidas, los haitianos relataban sus guerras, los amos aborrecidos clavados en picas, y los pobres mandando, los que habían sido esclavos hasta un segundo antes. Pero qué tiempo hacía de eso, después la pobreza había sido tan grande, qué había pasado no lo sabían, y tuvieron que emigrar en pos de esta tierra prometida, menos hambre, quién sabe. Allá quedaban la mujer y los hijos, los niños serían ya hombres, la mujer una anciana, quizás bajo tierra estarían, qué será de todos ellos. Más de cincuenta años sin ver.

Y de nuevo oír las historias del gran Mackandal, el que se escapó.

—Yulián —decían los niños de Florida Blanca—, cuéntanos del manco, de cómo se convirtió en pájaro.

Allá empezaba Yulián a narrar interminablemente las relaciones del gran Mackandal convertido en ave, levantando el vuelo como una llamarada de fuego para escapar de sus enemigos. Mackandal el imposible, Mackandal transformado en avechucho, en lobo. El grande Mackandal.

Yo me sentaba también a escuchar y ve cómo los ojos de Yulián se iluminaban cuando otra vez pasaban por sus pupilas las montañas de su tierra, los platanales ardiendo, y Mackandal haciendo de las suyas.

Una noche que Yulián había vuelto a desgranar sus relatos al calor de la lumbre del fogón, ocurrió algo inesperado. De entre el corrillo de los oyentes se desfajó una carcajada que cortó en seco la parrafada de Yulián.

—¿Quién habrá visto eso? ¡Un negro volador! —dijo la voz de aquel hombre salido de no se sabía dónde.

Después se supo que se trataba de Cuco Serrano, dueño de tierras y secaderos, que andaba por esos días medio envenenado porque se había estado hablando de reforma agraria y de las intervenciones. Y la tenía cogida con los vecinos yendo y viniendo con ojerizas, escupiendo sobre los granos de café puestos a secar, provocando. Todo esto lo llegué a saber más tarde, porque en ese momento cayó esa quietud que precede a las catástrofes, la calma chicha que me sacudió el corazón bajo la certeza de un cataclismo muy cercano.

Al segundo siguiente vi levantarse los ojos sorprendidos de Yulián, interrumpido en plena historia, y del asombro se fueron ennegreciendo tal si verdaderamente una nube de sangre los cubriera, y le oí decir bajito, como quien no quiere la cosa, como dando la última oportunidad a Cuco Serrano a que se callase; a sí mismo, a Yulián, de comprobar que aquello que había oído era un error.

—Mackandal era un gran hombre.

—¡Vete al carajo con tu Mackandal de mierda!

Y entonces Yulián se levantó despacio, porque la paciencia de los haitianos es paciencia hasta en sus límites, apartó a los niños y se enfrentó a Cuco Serrano, con el pecho adelantado, la cabeza inclinada hacia atrás, la mano que se movía como un animal, separada de su cuerpo, que empezaba a rebuscar en las entretelas aquel cuchillo descomunal, perdido entre las ropas. Y a partir de ahí, todo sucedió en un relámpago, y esta es la parte de la historia que conservo con mayor tersura en la memoria: Yulián como en cámara lenta caminando hacia adelante, la mano que se movía y nadie sabía en ese momento lo que buscaba, Cuco Serrano retrocediendo sin aspavientos, y de repente la hoja de metal resplandeciendo a la luz de los mechones, y Yulián saltando de frente definitivamente perdida la paciencia, de siglos enteros, ardiendo todo su cuerpo en una flama, convertido él también en lobo como Mackandal; y Cuco Serrano, de un brinco hundiéndose en el cafetal, y los dos hombres que se perdían entre las matas de café sin un grito.

Di una ojeada a mi alrededor y vi a los cuatro haitianos sentados, mirando el fuego como si con ellos no fuera el asunto, y los niños que corrían a sus casas gritando ―Yulián, el cuchillo grande, Cuco Serrano‖; y yo, que me quedo junto a los haitianos y les pregunto que qué pasará ahora.

—Yulián sabrá —me contestaron sin levantar la vista.

La madrugada entera pasó sin que Yulián regresara al barracón ni Cuco Serrano fuese a dormir a su casa. Al amanecer estaba Yulián, tan campante, recogiendo café. Nadie se atrevía a hacer ningún comentario, ni, mucho menos, preguntar qué suerte había corrido el otro hombre.

Rufinita, amparada en su poca edad, solucionó el problema. Fue derecho a donde estaba trabajando Yulián y le lanzó, hasta la empuñadura, la cuestión que teníamos todos en la punta de la lengua.

—¿Dónde le clavaste el cuchillo, Yulián?

Yulián sacó el cuchillo limpio, sin una mancha, y lo hundió en el costado del árbol, mientras movía la cabeza a un lado y a otro.

—Yulián está viejo, sí —contestó

Y pensé que, por esa vez, Cuco Serrano se había escapado.

Pero las cosas de la vida son así: tres días más tarde llegaron unos compañeros buscando a Cuco Serrano, que se había escondido desde la noche del broncazo, y por ellos supimos que no solamente Cuco Serrano había acaparado tierras y rencores, sino que durante la rebelión había denunciado un campamento rebelde a una patrulla de casquitos, de soldados de la tiranía. Más claro, era un chivato. Entonces esta vez fue la cólera de muchos y no la de Yulián, y salieron todos los vecinos de la zona a buscarlo, sacarlo de donde estuviera, aunque fuera de abajo de la tierra, y así fue que lo encontraron engurruñado en una cañada, tieso y maloliente ya. Y aunque todo el mundo buscó y rebuscó la herida del cuchillo de Yulián, fue después de mucho registrar que se convencieron de que Cuco Serrano había muerto de muerte natural, si se puede llamar muerte natural pasar una madrugada temblando en una hoya, esperando que en cualquier instante la furia del haitiano le cayere encima como un rayo, aguardar con el corazón en la boca la venganza de Mackandal.

About cubanabooks

Cubanabooks is a small independent press devoted to bringing first-class literature from Cuban women to a United States audience as well as to a global English and Spanish-speaking public. Publishing select literary gems in English or in bilingual English/Spanish volumes, Cubanabooks aims to correct the current U.S. unavailability of excellent literature from Cubans living in Cuba. At this time we prioritize the dissemination of works by living female writers who reside on the island. The founder and senior editor is Dr. Sara E. Cooper (Ph.D. University of Texas, Austin 1999), Professor of Spanish at California State University, Chico.
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