Poetisas cubanas 7/20

Abstract Portrait of AvellanedaGertrudis Gómez de Avellaneda fue una criolla excepcional. Nació en Cuba y como cubana se sintió siempre; su estancia en España y su aparente indiferencia hacia los sucesos de la política, la pusieron en entredicho. El malentendido parece haberla perseguido siempre, hasta en el célebre “piropo” de “es mucho hombre esa mujer”, atribuido a uno de sus contemporáneos y que, ya haya sido dicho con intención de elogio o de suspicacia, es revelador al menos de la alarma y la sorpresa que provocaba esta mujer, quien supo romper con esquemas, normas, patrones y directivas, tanto en la conducta literaria como personal. En tiempos en que la mujer europea comenzaba a adquirir conciencia de su situación explotada y a rebelarse, puede parecer ingenua la algarabía en que se vio envuelta la vida de la Avellaneda. Pero no resultaría ello tan peregrino si se comprueba como todavía hoy algunos críticos tratan paternalistamente de justificar su “dudosa moralidad” en atención a su “genio lírico”. En otras palabras: pareciera que la posteridad debe generosamente “perdonar” a la sospechosa Gertrudis en aras de su proeza poética. Resultaría indignante, si no fuese bastante risible. La novela Sab –creada por la Avellaneda en los albores del romanticismo y portadora de una mirada sensible sobre el fenómeno de la esclavitud– pen and ink of slaver beating slaveosaba narrar por primera vez la pasión de su protagonista, negro y esclavo, hacia una joven blanca. Como es fácil suponer, esta obra no pudo ser publicada en el momento de ser escrita y aunque ahora se reconoce su carácter fundacional dentro de una novelística de crítica social, la censura no le permitió a su autora saborear la gloria en el momento debido. Sus cartas amatorias, publicadas también muchos años después, sin que mediara consentimiento de la escritora, ya fallecida, y utilizadas con toda probabilidad (aunque esto cae dentro del terreno especulativo) para saciar vanidades, se convirtieron en documento de inestimable valor para conocer el universo íntimo de la poetisa y entregan, al decir de José Lezama Lima, “esa nota de apasionamiento, de sinceridad pasional, donde se aparta del retoricismo, del énfasis, del lenguaje convencional y pedestre que su época le entrega” . Esta correspondencia fue utilizada por la crítica sexista como “prueba de fe” que desmintiera sus polémicas ambigüedades “femeninas”. Esa historia está gastada: basta con romper una o dos convenciones para que todo se ponga en tela de juicio. Por fortuna, a la Avellaneda la defiende su obra, su pensamiento, su talento, y no requiere de salvoconductos morales. Lo triste e irremediable radica en que, mientras vivió la escritora, no fueron muchos los que alcanzaron a penetrar en su genio, a aceptarlo, a respetar la singularidad de “La Peregrina”, como ella misma gustaba de llamarse. A su entierro acudieron apenas unos pocos amigos fieles. Pobre época ciega que dejaba irse casi sola a quien fuera una de las figuras más altas del romanticismo de habla hispana! Su existencia estuvo bien cargada de esos percances con almas inferiores: el destinatario de las excepcionales epístolas no fue capaz de reciprocar la desdichada pasión de la Avellaneda; madre soltera, perdió la hija fruto de sus amores con un poeta de segunda categoría, después de ser humillada por su abandono; su osadía de solicitar una plaza logo Real Academia Españolavacante en la Academia Española de la Lengua en 1854 le fue denegada, a pesar de estar ella muy por encima de la mayoría de los entorchados caballeros que la rechazaron. La historia literaria la ha colocado, por fin, en el sitial que le correspondía, pero el olvido en que cayeron muchos de aquellos señores no compensa en ningún modo el sentimiento de vejamen que debe haber sufrido la Avellaneda. Por otra parte, el escozor y la envidia que sublevó entre sus contemporáneos, no impidieron del todo que su obra como escritora tuviera reconocimiento en su tiempo y los más preclaros entre los intelectuales de la época le rindieron homenajes, sobre todo dirigidos a su poesía lírica, amorosa, de intenso aliento, reveladoras de su fervor, de su original sensibilidad inmersa en la tumultuosa corriente del romanticismo. “A él” es uno de sus poemas más conocidos:

“A él”

No existe lazo ya;

todo está roto;

plúgole al cielo así;

¡bendito sea!

Amargo cáliz con placer agoto;

mi alma reposa al fin;

nada desea.

Te amé, no te amo ya, piénsolo, al menos.

¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!

Que tantos años de amarguras llenos trague el olvido,

el corazón respire.

Lo has destrozado sin piedad,

mi orgullo una y otra vez pisaste insano…

mas nunca el labio exhalará un murmullo para acusar tu proceder tirano.

De graves faltas vengador terrible,

dócil llenaste tu misión;

¿lo ignoras?

No era tuyo el poder que,

irresistible,

postró ante tí mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios, y fue.

¡Gloria a su nombre!

Todo se terminó;

recobro aliento.

¡Angel de las venganzas!, ya eres hombre…

Ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada… mas,

¡ay, cuán triste libertad respiro!

Hice un mundo de ti,

que hoy se anonada,

y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú!

Si en algún día ves este adiós que te dirijo eterno,

sabe que aún tienes en el alma mía generoso perdón,

cariño tierno.

Si Gertrudis Gómez de Avellaneda fue la excepción, otras poetisas fueron la regla y aceptaron las normas de una sociedad que sólo veía la disposición hacia las letras en la mujer como un elemento decorativo, destinado a agradar, a complacer por medio de la hermosa palabra, o como desahogo espiritual de las dolientes damiselas. Entre ellas se destacó sobre todo una: Luisa Pérez de Zambrana (1835-1922). En cierta ocasión, a Luisa le tocó el encargo de colocar una corona de laurel sobre las sienes de la Avellaneda, en uno de las últimas celebraciones que recibiera la “Divina Tula”. Simbólicamente se representaba el relevo literario de la más joven que dejaría impresionantes versos de amor y dolor. De esta época debe mencionarse también a Julia Pérez Montes de Oca (1839-1875), hermana de Luisa; y también a Aurelia Castillo (1842-1920) y Adelaida del Mármol (1838-1857), poetisas románticas de atractivas resonancias . En ellas, como en otras escritoras del siglo XIX, junto a los socorridos motivos de la naturaleza, el amor funesto y las evocaciones místicas, estuvieron presentes los temas del canto a la patria y a la independencia. La poesía escrita por mujeres dentro del romanticismo cubano, tuvo la suerte de contar con un espíritu excepcional como Gertrudis Gómez de Avellaneda, con un fino temperamento poético como el de Luisa Pérez de Zambrana y, haciéndoles compañía, una nutrida comitiva de poetisas que, sin aportar un lenguaje original, crearon un coro vigoroso dentro del discurso de las letras cubanas del siglo XIX.

Portrait of Luisa Pérez de Zambrana

Luisa Pérez de Zambrana

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