POETISAS SÍ 12/20

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La Habana

Mientras se repetía hasta el cansancio un tipo de poesía seudointimista, concebida en torno a los reducidos horizontes de la domesticidad, cerrada en los conflictos del amor grandilocuente o de la efusión santurrona, la poesía lírica de las poetisas cubanas que publicaron sus primeros libros en torno a nuestro posmodernismo, inscribieron novedades donde al deslumbramiento de la pasión se oponía cierta lucidez irónica, una desnudez de la emoción junto al pudor de la palabra, sin oropeles ni falsos sentimentalismos. Este lenguaje directo, la trascendencia filosófica del contenido en el discurso de las poetisas cubanas iba más allá de las fronteras que cercaban la expresión literaria en los emblemas de la “mujer angel” o de la “libertina” (tanto como sujeto como objeto de la creación) polos que se tocaban a la hora de juzgar a las mujeres escritoras y a la imagen que aquellas proyectaban en su obra, dentro de una época de implacables prejuicios.

Durante muchos años, la crítica pareció evitar el recuerdo de Dulce María Loynaz, escritora nacida a principios  de nuestro siglo, en 1902. Pero Dulce María Loynaz siguió viva. Bien valdría decirlo: y coleando. En una entrevista que le hiciera Margaret Randall sobre el ejercicio de las bellas letras, la poetisa  respondió:

Yo pienso que mi condición de mujer se refleja en mi poesía. Por completo. Las mujeres escriben como mujeres y los hombres como hombres. Existen poemas escritos por mujeres que los hombres no podrían escribir, y poemas escritos por hombres que las mujeres no podrían escribir. [1]

La afirmación de Dulce María Loynaz viene de una poetisa que ha recorrido practicamente todo este siglo y de hecho revalida una verdad fundamental que a veces los apasionamientos extraliterarios suelen dejan a un lado: la obra creativa es reverberación de una experiencia única, cada conjunto de vivencias establece expresiones distintas, según sea la mirada individual, la sensibilidad del escritor y, en última instancia, la coyuntura histórica en que surge; ya sea hombre, ya sea mujer, su realidad, su universo, su relación con el medio, se transmite al acto de creación y allí queda fijada, conciente o no, su peculiar forma de apropiarse del ámbito vital, que en cada caso es “personal e intransferible”.  El escritor genuino escribe de lo que es, según vive. La experiencia de una mujer no puede ser igual a la de un hombre, como no puede serlo la de un adolescente y la de un anciano, por poner una comparación más que evidente. No existe, pues, una literatura femenina en abstracto, como no existe tampoco una literatura masculina, sino escritoras y escritores que reflejan el mundo según su grado de talento, autenticidad y dominio del oficio. Lo que sí existe son textos específicos que, en mayor o menor medida, distinguen las diversas experiencias.


    [1] Randall, Margaret, Breaking the Silence ob cit pag 35

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