POETISAS SI 14/20

Resguardada de la fama, Josefina Núñez (1913) también siguió escribiendo a todo lo largo de este siglo, sin que siquiera muchos supiesen que vencía con su modestia el tiempo. Antologada en la célebre edición de Juan Ramón Jiménez,[1] su poesía íntimista, de galas metafóricas que exhiben residuos modernistas ya dentro de un lenguaje de compatibilidades vanguardistas, propone temas de desazones existenciales que las generaciones siguientes descuidaron, por desgracia, en favor de un falso exteriorismo que se avergonzaba de las profundidades del alma humana.

En aquellos “locos” años veinte nacieron, entre otras muchas, cuatro poetisas que enrumbarían hacia cuatro puntos cardinales de la poesía: Carilda Oliver Labra (1922), Fina García Marruz (1923), Rafaela Chacón Nardi (1926) y Cleva Solís (1926).

Romantic photo of Carilda Oliver Labra

Photo of Carilda Oliver Labra, from http://www.franciscoacuyo.com

Si Gertrudis Gómez de Avellaneda provocó con su talento ser piedra de escándalo del siglo XIX, Carilda Oliver Labra ha sido también causa de sobresaltos. A principios de los años cincuenta desafió las calles de su pacata ciudad de provincias –aunque en lo tocante a prejuicios morales la capital no se ha quedado atrás– con su pelo pintado de verde. Pero el alboroto no se limitaba a la supuesta “extravagancia” en el diseño exterior que rompió la serenidad pueblerina, sino por la osadía y la sensualidad de sus poemas que hubieran sido aplastados por la moralina al uso si el genio poético y el ardoroso temperamento de Carilda (apoyada, claro, por los recursos de sus estudios de Leyes), no hubiera logrado imponer sus merecimientos, tanto en aquellos tiempos, como en los nuestros, también ahogados de vez en cuando por timoratas intenciones y juicios conservadores.

Carilda Oliver Labra sigue viviendo en la provincia que ella no ha dejado de amar, en Matanzas. Y ha continuado escribiendo con la misma frescura de los primeros años. Su poesía amorosa, erótica, que deslumbró a principios de la década del cincuenta, ha seguido el decursar del tiempo. Poesía erótica, pero también poesía filosófica, elegíaca, y brillantemente conversacional, sin abandonar las ganancias metáforicas y el esplendor de las imágenes. Sinceridad, dominio del oficio, novedad en el enfoque de la pasión amorosa, sensualidad, penetración racional y apasionada de la realidad, son los atributos de la poesía de Carilda Oliver Labra. Muchos de sus poemas servirían de ejemplo de las virtudes de su quehacer poético, mas yo —rindiéndome a la parcialidad de la nostalgia— prefiero aquel que todos sabíamos de memoria, aún antes de haber oído hablar de la propia autora. Sus versos fueron muy sonados, a tal punto que tuvieron la rara fortuna de escapar de la letra impresa para convertirse en piropo, halago, frase hecha en la conversación. Es ese soneto conocido por ese primer verso que dice “Me desordeno, amor, me desordeno”.

Photo of Fina García Marruz

Fina García Marruz, photo from http://www.cubaliteraria.com

Fina García Marruz es otra de estas inefables poetisas que Margaret Randall llama, con acierto, nuestras madres vivientes.[2] Los aportes del proyecto estético de Orígenes que ella integra no sólo significaron una defensa de la identidad, sino también una escuela del rigor del lenguaje, tal como Cintio Vitier ha comentado al definir la conducta literaria del grupo:

la misma voluntad de cada uno de integrar sus intuiciones, sus posibles apoderamientos de lo desconocido, en un distinto absoluto poético a partir de dos supuestos radicales:la experiencia (tanto vital como cultural) y la palabra (en su deseo de identificación simbólica con la realidad). [3]

Roberto Fernández Retamar los llama “trascendentalistas”,[4] término que explica por el afán generacional de trascender una realidad dada usando como instrumento la palabra, a la par que proponían sus intuiciones de verdad acerca de los grandes temas como el tiempo, la soledad, la vida, el ser, la muerte, la religión, en una búsqueda incesante de sugestividad y perfección del vocablo. Poetisa de serenidades y honduras conceptuales, tiene la rara habilidad de aprehender el detalle menor sin prescindir del tono grave que le es tan afín. Así sucede con su poema “La demente en la puerta de la iglesia”, patético retrato de la locura en otra mujer —asunto curiosamente recurrente en la obra de las poetisas cubanas— en donde se transita de la evocación a la implicación personal a través de la instrospección crítica que, como al pasar, incluye a todo el género humano en solidaria compenetración y complicidad.    A diferencia del clásico hermetismo atribuído a los “trascendentalistas”, la poesía de Fina García Marruz es eminentemente diáfana. Su sustento en la memoria y los pormenores modestos de la vida, le ha permitido el acceso a un discurso poético complejo y claro a la vez. Pero Fina García Marruz no es una más entre los trascendentalistas de Orígenes. Por si sola y sin la augusta escolta de los poetas que la rodean es una de las voces líricas más sobrias y finas (valga la redundancia) de la poesía en lengua hispana de hoy.

Rafaela Chacón Nardi publicó en 1948, apenas a los veintidós años, un poemario que conmovió a Gabriela Mistral. Su obra poética, ya sea en las formas tradicionales de la versificación española, ya fuese en los versos llamados libres, mantiene un tono de sobrio lirismo, de sugestión delicada, con resonancias del simbolismo francés y sus descendientes americanos. Sus virtudes se encuentran en esos poemas de evocación íntima donde la palabra cincelada presta aliento a la emoción de tono menor.

Por su parte, la poesía de Cleva Solís, evocativa, volcada hacia su Yo interior, está de manera visceral unida a los propósitos estéticos de Orígenes. Nostalgia de los objetos, trascendencia de la palabra, énfasis en el misterio de la vida, inquietud conceptual, sus poemas se acumulan con grandeza y modestia.

Dulce María Loynaz hacía especial énfasis en que existían poemas que sólo podían haber sido escritos por mujeres, y en verdad, la mayor parte de los poemas escritos por estas poetisas, sólo podían haber sido escritos por ellas como mujeres y como expresión vivificante de la historia (esa Historia que ahora resulta un tanto anticuado mencionar). Es más, repito otra vez lo obvio: cada uno de esos poemas sólo podía haber sido escrito por cada una de ellas y no por otra, porque el arte es eso, singularidad, emoción única, vivencia irrepetible, verdad descubierta en la soledad, misterio. Quién se atreve a negarlo?


    [1] En La poesía cubana en 1936 ob cit, aparecen veintiseis poetisas, algunos nombres que sí registrará luego la historia literaria y otros que no. Además de nombres aquí ya citados, aparecen: Julia Cárdenas Quintana, Teté Casuso, Josefina de Cepeda, Esperanza Figueroa, Ada Galvelli, Julia García Fominaya, Mercedes García Tudurí de Zayas, Dalia Iñiguez, María Luisa Muñoz del Valle, Emma Pérez, Herminia del Portal, Cuca Quintana, Mercedes Rey de Garriga, Julia Rodríguez Tomeu, Mariblanca Sabas Alomá, María Sánchez de Fuentes, Carmela Valdés y Rosa Hilda Zell.

    [2] Randall, Margaret, Breaking the Silence ob cit.

    [3] Vitier, Cintio: citado por Roberto Fernández Retamar en La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), Ediciones Orígenes, La Habana, 1954.

    [4] Fernández Retamar, Roberto, La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), ob cit.

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